La estupidez y la ciencia en tiempos de incertidumbre
En junio pasado, Fernando Baquero José A. Gutiérrez miembros
de la fundación Gadea, escribieron para el diario El mundo una serie de errores
que cometemos los humanos por estupidez ante los tiempos de incertidumbre
actuales. Antes de enumerar los errores, precisan lo que se entiende por Ciencia
y Estupidez. (RAE): Ciencia es el conjunto de conocimientos
estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con
capacidad predictiva y comprobables experimentalmente. La estupidez
se define como torpeza notable en comprender las cosas, o aquello
dicho o hecho propio de un estúpido.
La primera estupidez es creer que la ciencia debe saberlo todo
y por tanto el no saber lo que conviene es ignorancia culpable o interesada.
Pero la ciencia, aunque conoce muchas cosas, es sobre todo el proceso metódico
de conocer: lo que nos falta por conocer excede con mucho a
lo que conocemos.
La segunda estupidez es creer que todo lo que
sucede tiene siempre una causa reconocible, que por tanto se puede identificar
y controlar. Sin embargo, la mayor parte de los acontecimientos ya sea en
salud, en economía, en política o en climatología, dependen de la intersección
inseparable de condiciones imprevisibles y en su mayor parte
incontrolables.
La tercera estupidez es creer que
cualquier acontecimiento negativo tiene "un culpable" que ha
influenciado la causa del acontecimiento. El reconocimiento de un
culpable libra al hombre de la ansiedad de saberse a la deriva en el mar de las
causas desconocidas. Por supuesto, si damos por bueno el primer aserto, el
razonamiento no puede ser más acientífico.
La cuarta estupidez es creer que "nosotros
lo hubiésemos hecho mejor". Esta estupidez está basada en la visión
retrospectiva del acontecimiento negativo, y en el desvarío
egocéntrico de que la parte contraria lo hubiese hecho mejor que el
responsable asignado, sea quien fuere el sector ideológico que detenta el poder.
Una quinta estupidez es creer que se
ocultan premeditada y sistemáticamente los "datos" cuando
con frecuencia, sobre todo en etapas precoces de la catástrofe, son poco
elocuentes, heterogéneos y muy difíciles o imposibles de interpretar con rigor
científico sin conocer en detalle las condiciones de dónde y cómo fueron
recogidos.
La sexta estupidez es creer que "la ciencia
debería haber previsto con antelación" la catástrofe y así haber sido
capaces de abortarla. La emergencia y evolución de los fenómenos
biológicos es muy compleja y por tanto lo es el hacer previsiones de los brotes
de plagas emergentes, aun con la inmensa capacidad tecnológica disponible. Debe
conocerse el intenso debate sobre la licitud ética de los experimentos
genéticos de "ganancia de función" en virus, intentando investigar
los mecanismos por los que un virus podría convertirse en pandémico. La
conclusión fue que esta aproximación experimental sería demasiado peligrosa.
Esto es, disponemos de la tecnología y los conocimientos científicos
que quizás nos podrían haber permitido anticiparlo, pero no sin un riesgo
inaceptable.
La séptima estupidez es creer que el
único efecto catastrófico de la pandemia es la enfermedad y la muerte de
nuestros ciudadanos. Mientras la ciencia alcanza a conocer y comprender mejor
al virus y se llega a disponer de fármacos específicos y por supuesto de la
definitiva vacuna, el remedio inmediato del confinamiento
con la consecuente paralización social y económica puede ocasionar perjuicios
difíciles de prever para las economías, las sociedades y por supuesto los
sistemas sanitarios cuyas consecuencias pueden superar en crueldad a las
directamente causadas por el Covid-19. Está claro que nos enfrentamos a un
problema en el que las medidas que consideramos adecuadas para contener la
pandemia pueden causar daños secundarios indeseados y enormemente graves.
Una octava estupidez es creer que los
acontecimientos que vivimos poseen una dimensión apocalíptica, y que
necesariamente una "nueva sociedad", muy diferente y mejor que la
actual, emergerá de esta situación. Esta creencia se sustenta en la justificada
sensación de culpabilidad colectiva que provoca la sociedad opulenta del
bienestar en los pueblos desarrollados cuando se contempla desde la perspectiva
de los grandes desequilibrios sociales en el mundo. Pero, no
olvidemos que en el siglo XX hemos pasado por catástrofes inenarrables, muchas
causadas por los nacionalismos y fanatismos ideológicos y, sin
embargo, aun cuando nos hayamos considerado culpables de lo sucedido, no hemos
llegado a entender que nosotros, Homo sapiens, somos un único pueblo en la
Tierra.
Finalmente, una estupidez más local: creer, como
solemos, que siempre todo lo hacemos peor, excepto los que esto declaramos, y,
en todo caso, sus amigos. En realidad, ni la Ciencia en España ni la capacidad
de nuestros expertos científicos son inferiores a los de otros países, ni
estamos menos al día, ni se puede criticar a nadie su falta de empatía y buena
voluntad, ni nuestro sistema sanitario es peor, ni nuestros médicos
y personal sanitario están peor formados o son menos entregados, ni
nuestra capacidad técnica y adaptativa es inferior, ni por supuesto nuestra
ciudadanía se ha comportado de forma insolidaria.
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